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A los que viven de sueños; locos privilegiados que conocen las alturas

El terremoto, los magos y el elegido

El viento soplaba enfurecido arrasando todo lo que encontraba a su paso; parecía estar peleado con el mundo y querer borrar las huellas de la historia. Mientras, la Naturaleza se disponía a alumbrar cuanta vida la Tierra pudiese acoger. En un instante, angustiada, contempló el planeta con todos sus hijos, y pudo ver cómo se autodestruían llevados por la envidia y el egoísmo. Entonces lloró desconsoladamente y se lamentó:

—¿Más vida?… ¿Para qué alumbrar más vida si la que hay se destruye?

Cerró las puertas de su corazón; el eco de los portazos, en forma de terremoto, llegó hasta el último rincón de la Tierra. Era el principio del fin.

La Naturaleza cerró las puertas de su corazón; el eco de los portazos,
en forma de terremoto, llegó hasta el último rincón de la Tierra. Era el principio del fin.
Necesito refrescarme la cabeza, más bien aclararme las ideas. Al decir esto, cayó sobre su cabeza un chorro de agua en forma de ducha. ¿Y quién podía hacer una cosa así sino el elefante Gussi con su trompa?

Un chimpancé, un elefante y un zorro

A la mañana siguiente Pablín se levantó repleto de energía, tomó un suculento desayuno que Tolón acababa de prepararle, se echó la mochila sobre el hombro y, después de escuchar los últimos consejos de Mister Panda y despedirse de los demás ositos, se puso en camino. Yo le seguía, ocultándome entre las nubes, y, aunque él no podía verme, podía sentirme.

Pablín iba pensando en la Naturaleza, se preguntaba por sus misterios; la profundidad de los océanos, el interior de las montañas, la fertilidad de la tierra… y, absorto en esas disquisiciones, entró en el Bosque de los Búhos. Enseguida se dio cuenta de lo mucho que todo había cambiado en muy poco tiempo. Tanto silencio no era normal. Sintió un poquito de miedo, miró a su alrededor, aspiró hondo y se repuso, diciendo:

—No es el momento de asustarme, aún me queda un largo camino por recorrer.

Dio un paso, dos, tres… y se detuvo, sorprendido por un apabullante ruido que, surgiendo de las ramas de los árboles, le heló el corazón.

Los conspiradores

La noche llega al bosque apacible y serena, nos arropa con su manto, nos acuna con la brisa y con su arrullo nos va cantando una nana. Se convierte en fiel confidente de sueños y desvelos; abnegada tutora del descanso e inspiración de poetas.

¡Pobre noche! A ti, que velas por quienes duermen, te utilizan quienes nunca descansan.

Así, la Envidia y el Egoísmo, ocultándose en la oscuridad de la noche, tramaron la forma de impedir que Pablín siguiera adelante con su misión. Para ello recurrieron a la Discordia, quien a su vez hizo llamar a la Trampa y al Engaño. Todos juntos, después de analizar la situación, eligieron para enfrentarse a Pablín a su mayor aliado: un hombre llamado Trueno. Y, sin demorarse un instante, se dirigieron a su cabaña.

Trueno es cobarde, envidioso, egoísta, mezquino, alimenta la discordia entre quienes le rodean, se sirve de la trampa y se divierte con el engaño. Vive en una mísera cabaña a las afueras del Bosque de los Búhos, no soporta la felicidad de sus vecinos y disfruta destruyendo lo que otros construyen.

Los tres raptores

…Entre saludos, juegos y bromas, Pablín y Gussi se acercaban a la salida del Bosque de los Búhos, sin darse cuenta de que cada uno de sus movimientos era vigilado, en la distancia, por Trueno.

Trueno se sentía muy seguro, pues sabía que tanto Gussi como Pablín eran dos indefensos animalitos que difícilmente podrían escapar de los peligros a los que él iba a someterlos. Pero, aun así, fue precavido y prefirió no intervenir directamente; dio indicaciones a sus tres engendros, Pi, Ti y Clin, para que atrapasen a su presa.

Los tres se hallaban escondidos en un recodo del camino viendo cómo se acercaban Gussi y Pablín. Ti estaba impaciente por pasar a la acción, pero Pi y Clin le contuvieron hasta que los dos amigos llegaron al lugar en el que se hallaban escondidos, y entonces los sorprendieron cortándoles el paso.

Comenzó entonces una lluvia de cocos y piñas que caían desde todos los árboles y en    todas las direcciones, golpeando a los captores en la cabeza,
los dedos de los pies, la nariz…
La corriente los arrastraba de forma violenta y los cocodrilos cada vez se acercaban más y más.

Un río repleto de cocodrilos e hipopótamos

…Los tres trabajaban felices, iban amontonando troncos de madera hasta juntar los necesarios. Luego, los fueron uniendo con lianas y clavos hasta construir una balsa apropiada para navegar. La arrastraron hasta el agua, subieron en ella y, propulsándola con una vara larga, comenzaron la travesía hasta la otra orilla.

Pablín estaba emocionado, era la primera vez que navegaba y le resultaba fascinante.

—¡Pipo, Nila! Es la primera vez que subo en una balsa y es muy emocionante.

—A mí también me gusta —dijo Nila.

—Cuando todo esto haya pasado —continuó Pipo—, construiremos un gran barco de vela y junto a Mister Panda, Fifí y Tolón navegaremos por el cauce de este río hasta llegar al mar.

—¡Sí, Pipo! —exclamó Pablín rebosante de felicidad—. Yo nunca he visto el mar.

—Pues pronto lo vas a ver —aseguró Nila.

Entre sueños y proyectos, en su modesta embarcación, se fueron adentrando en el río, sin darse cuenta de que se encontraban rodeados por media docena de feroces y hambrientos cocodrilos…

Una compañía peligrosa

…No había elección: a su espalda la tragedia, enfrente el abismo. Y corrió, corrió con todas sus fuerzas hasta estrellarse en los tallos que servían de brazos a aquella voraz planta con hambre atrasada; Pablín era como una mosca atrapada en la tela de una araña. Cada tallo era una garra que le transportaba de un lado a otro, buscando las fauces de la planta carnívora. El osito pidió socorro a su «amigo» el zorro, pero este se reía estruendosamente. Suplicó, pero no había nadie que pudiera oírle. Se encontró con la enorme boca de la planta carnívora. Pablín sujetó las mandíbulas con todas sus fuerzas para evitar que se lo tragase, empapándose de baba viscosa; el pestilente hedor que emanaba le produjo náuseas. Al fondo se divisaba una garganta ancha y profunda donde cabían dos como él. Aun así, pudo oír la risa del zorro. Y, sacando fuerzas de la rabia que sentía, le reprochó:

—¡Me has engañado!

El zorro se reflejó en el fondo de la garganta, espetándole en la cara:

—¡Yo soy el Engaño!

Y corrió, corrió con todas sus fuerzas hasta estrellarse en los tallos 
que servían de brazos a aquella voraz planta con hambre atrasada;
Pablín era como una mosca atrapada en la tela de una araña.
…una bailarina danzaba sobre su cajita de música, un caballo de cartón se mecía sin que nadie lo montase, un buzón abría su enorme panza de la que salían miles
de cartas que nunca habían llegado a su destino…

La Gruta del Espejismo

…Fue hasta las puertas, abrió una y vio el mar. Era la primera vez. Entonces se acordó de Pipo y de Nila, de cómo se prometieron ir al mar cuando esta aventura acabase. A lo lejos un barco de vapor navegaba derecho hacia él. Pablín le hizo señales con la mano, pero una ola se estrelló contra su cuerpo haciéndole cerrar los ojos, y cuando los volvió a abrir ya no había mar y el barco se pudría encallado en el fango. Abrió otra puerta, de nuevo la nada; abrió otra, pero rápidamente la tuvo que cerrar para que no le alcanzasen las balas: era la guerra. Abrió otra, allí estaba la nada. Abrió otra, y le aturdieron los lamentos de una tribu indígena enjaulada y desposeída de su bosque, que ya había sido talado. Abrió otra y, una vez más, la nada. Abrió otra, y vio el fuego devorando cuanto encontraba a su paso. Abrió otra y, de repente, unas garras tiraron de él arrastrándole al vacío. Iba a caer cuando la mano del marionetista le sujetó y, como si fuese una de sus marionetas, le sentó en una vieja mecedora.

Lobos, duendes y cabritos

…Pero, si la perseverancia es una virtud, pudiera ser la única de aquel malévolo hombrecillo. Trueno había esperado mucho tiempo la llegada de Pablín y desde que percibió su presencia no le quitó el ojo de encima. Controló todos y cada uno de sus movimientos y esta vez estaba convencido de que su plan no iba a fallar.

Apenas había caminado unos metros el pequeño osito cuando, entre los matorrales, aparecieron unos afilados colmillos, seguidos de unos despiadados y fríos ojos grises, que le hicieron temblar: se encontraba en medio de una manada de lobos. «Esta vez no hay escapatoria», pensó. No siempre la suerte le podía sonreír y ya había sido muy generosa con él en varias ocasiones. Estaba solo entre una manada de lobos que, amenazantes, avanzaban sigilosos mostrándole los colmillos. Y él, pequeño e indefenso, no tenía fuerzas ni recursos para defenderse de aquellas fieras. Las lágrimas resbalaban por su hocico, sus patitas temblaban tanto que apenas le sostenían.

Los aguiluchos continuaron picoteándole los tobillos. Pataleó en el aire
pretendiendo librarse de ellos, y al caer se encontró con la Discordia,
la Trampa y el Engaño burlándose de él…
…el Engaño y la Discordia disparaban todo su arsenal de rayos contra el globo,
pero el capitán los repelía con su espada.

El capitán Jeremías Vicentti

…Jeremías volaba a la deriva, los fuertes vientos le habían sacado de su ruta y arrastrado hacia aquel lugar que no figuraba en ninguna de sus cartas de navegación, y lo peor de todo era que la brújula se había dislocado: cuando volaba en dirección norte, le indicaba el sur. Total, un completo desastre, pero eso a él le importaba poco porque iba en busca de nuevos mundos y presentía que los estaba descubriendo. Cuando vio a Pablín saludándole entusiasmado se le alegró el corazón y, cansado de volar solo durante tantos días, le invitó a subir al globo, cosa a la que Pablín no pudo resistirse. Sin dudarlo, tomó impulso y en un abrir y cerrar de ojos saltó del arco iris a la barquilla, olvidándose la flauta, para reunirse con aquel excéntrico navegante.

—¡Qué maravilla! Estoy subido en un globo.

—Sé bienvenido —dijo Jeremías—. Lúberton I (así se llama el globo) y su humilde capitán se alegran de tenerte a bordo.

Un villano y dos cazadores

…Sus enemigos de siempre ni le olvidaban ni se daban por vencidos, estaban resueltos a seguir adelante para conseguir sus propósitos, por lo que la Envidia y el Egoísmo fueron a llamar a las puertas de Rayo, hermano gemelo de Trueno y de similares sentimientos.

Rayo se sintió halagado por ser elegido para algo tan perverso, y les dio las gracias por la oportunidad que le brindaban de demostrar que era digno de ser considerado como uno de los suyos. Garantizándoles el éxito de la misión, se despidió de ellos y comenzó su persecución de Pablín intentando ganarle tiempo al tiempo.

Al igual que Trueno, Rayo es mezquino, miserable y cobarde. Incapaz de correr el menor riesgo y usando su desarrollada astucia, se sirvió de dos no menos despiadados y vanidosos cazadores, ofreciéndoles como recompensa para su gloria un joven ejemplar de oso panda.

La gruta de los duendes

Las grutas de los duendes se encuentran en un lugar tan escondido que resulta imposible llegar hasta ellas sin la ayuda de sus pequeños habitantes. Cerca hay una aldea poblada de niños, que da sentido a todo lo que se elabora dentro de las grutas. Su interior está perfectamente dividido en tres partes: un taller, un obrador y un hogar.

En el taller los duendes fabrican cuantos juguetes son capaces de inventar, de todas las formas y colores. Complejas maquinarias movidas por ruedas dentadas y poleas que a su vez impulsan calderas de vapor, como antiguas locomotoras, funcionan de luna a luna —así es como los duendes miden el tiempo— sin permitir que se detenga el engranaje que coordina las diferentes áreas de la construcción de juguetes, desde las máquinas que moldean las piezas, hasta las que las ensamblan y las que a continuación las pintan. Una vez comprobado su perfecto funcionamiento, en las noches, mientras los niños duermen, los duendes dejan los juguetes en las puertas de sus casas de la aldea vecina.

En el laberinto, Pablín, se dejó caer sobre la hierba;
Pinki y Rayo yacían malheridos.

Pinki y la aldea de los niños

Pinki es un perro vagabundo, sin una raza concreta, de pelo rizado color canela excepto en el pecho y las patas delanteras, donde abunda el pelo blanco; sus ojos son de color miel; sus orejas, redondeadas; y su cola es juguetona, la agita alegremente, excepto cuando se enfada. Tiene por casa la arboleda, igual almuerza en la gruta de los duendes que cena en la aldea de los niños.

—¡Guau! ¡Guau! ¡Guau! —ladró Pinki avisando de que el camino estaba despejado y sin peligro de que apareciesen ni Rayo ni los cazadores.

Pablín se despidió de los duendes agradeciéndoles todos los cuidados que le habían dedicado y se llevó, para el camino, un sabroso pastel de crema. Pinki movía la cola y saltaba feliz de un lado a otro. De cuando en cuando adelantaba su hocico olfateando el entorno. Iba con la seguridad de quien se siente capaz de superar cualquier inconveniente, y eso a Pablín le producía mucha tranquilidad. Apenas caminados doscientos metros…

Fin del camino

Pablín se incorporó y comenzó a subir el montículo. Ya casi había alcanzado la cima cuando, volviendo la vista atrás, se encontró con la Envidia y el Egoísmo…

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